¿Cómo Podría Ser La Futura Relación Entre Humanos y La Tecnología? - Introducción a Una Perspectiva
IA Biohacking Transhumanismo

¿Cómo Podría Ser La Futura Relación Entre Humanos y La Tecnología? - Introducción a Una Perspectiva

Maia Mulko
Maia Mulko

Elon Musk no es el primero ni será el último en contemplar la posibilidad de que las inteligencias artificiales en un futuro sobrepasen y amenacen la existencia de la humanidad. Sólo basta con que aprendan a aprender solas y/o a tomar decisiones con fines orientados hacia sí mismas. Por eso, el magnate tecnológico del momento cree que debemos fusionarnos con las IA antes de que esto pase, para poder seguir teniendo el control sobre ellas. Ya Edward Fredkin, informático del MIT nacido en 1934, aseguraba que las máquinas superinteligentes en un futuro “nos tratarán como mascotas, si tenemos suerte”.

Ya sea por esa razón o por cualquier otra (la solución a problemas médicos, ideales transhumanistas o mera simpatía por el biohacking), existen personas que viven con dispositivos electrónicos implantados en el cuerpo. Se denominan cíborgs (españolización de “cyborg”), término acuñado en 1960 por el científico e inventor Manfred Clynes y el médico Nathan Kline para describir a seres humanos “mejorados” con tecnología, una especie de hombre-máquina con habilidades excepcionales dadas por componentes artificiales.

Fue en el contexto de la carrera espacial, pensando específicamente en la supervivencia del humano fuera de las “amigables” condiciones terrestres. Pero en la práctica, los primeros cíborgs reales aparecieron unos cuarenta años más tarde en el campo de la medicina.

En 2001, el Instituto de Rehabilitación de Chicago le otorgó una prótesis robótica a un electricista liniero llamado Jesse Sullivan, quien había perdido los brazos en un accidente laboral. Una extremidad biónica de reemplazo le fue colocada a través de un procedimiento denominado Reinervación Muscular Dirigida,  básicamente un injerto nervio-músculo que le permitía controlar la prótesis simplemente pensando en el movimiento que quería realizar. Este pensamiento derivaba en una contracción muscular en el pecho que la prótesis traducía en el movimiento intencionado.

En este sentido, muchos amputados se han convertido en cíborgs, pues Jesse Sullivan no es el único que se desenvuelve por la vida con extremidades biónicas. El atleta Cameron Clapp, por ejemplo, tiene piernas robóticas con sensores que interpretan la distribución del peso para regular la marcha.

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En 2002, Jens Neumann se convirtió en la primera persona en la historia en recuperar la vista (aunque de una forma algo rudimentaria) con un “ojo” electrónico, el Dobelle Eye, que en realidad es un implante cortical que conecta al cerebro con una cámara que capta y lleva imágenes hacia la corteza visual, en donde una computadora procesa la información mediante una interfaz neuronal directa.

En 2004, Neil Harbisson, un artista que nació con acromatopsia y sólo podía ver en escala de grises, se osteointegró una antena en el cráneo para poder convertir los colores en sonidos dentro del cerebro, y así, poder percibirlos. Es la primera persona reconocida como cíborg por un gobierno (el británico) de manera oficial, y considera a la antena (que también le permite ver en el espectro infrarrojo y ultravioleta) parte de su cuerpo.

Como activista cíborg, Harbisson dirige la Cyborg Foundation, una organización que defiende el derecho de los humanos a convertirse en cíborgs, aún si no tienen ninguna discapacidad y sólo desean “rediseñarse” con implantes capaces de ampliar sus habilidades o sus sentidos. Charlotte Dann, por ejemplo, es una biohacker que se implantó imanes en los dedos para “experimentar con los campos electromagnéticos”, lo que considera un sexto sentido.

Transhumanismo en estado puro. Movimiento que en última instancia apunta a crear posthumanos, un estadío evolutivo posterior al homo sapiens (porque ¿cuánto podemos cambiar de un humano y que siga siendo humano?), impulsado por una tecnología que “actualice” nuestras capacidades más allá de las cuestiones médicas. Aunque con la posibilidad de alterar el código genético a nuestro favor, también habría mejoras únicas para la salud que nos permitirían vivir más tiempo. Se erradicarían, por ejemplo, las enfermedades genéticas.

Algunos transhumanistas creen que incluso podríamos alcanzar la inmortalidad, si no a través de cuerpos más fuertes, trasladando nuestras mentes a otros cuerpos (biológicos o robóticos), o incluso a entornos virtuales, como una nube. Una propuesta tal vez emocionante, hasta que los detractores sopesan las implicaciones reales de la inmortalidad, como el aumento desproporcionado de la población mundial y las consecuencias económicas y medioambientales relacionadas con ella.

Hay quienes también temen por el aumento de la brecha entre las clases sociales, pues las modificaciones tecnológicas tienen un coste económico que no todos podrán afrontar. La transición hacia el posthumanismo no sería repentina y total, sino gradual, y mientras tanto, ¿qué evitaría que los humanos modificados vieran a los no modificados como seres inferiores?  Si además los ricos pueden alterar sus genes y los pobres no, según el filósofo de la biología y de la tecnología Antonio Dieguez, “ya no habría clases sociales, sino también clases biológicas”.

Un escenario que parece de ciencia ficción, pero hacia el que podemos considerar que lentamente nos vamos encaminando. Porque, en un punto, ya todos somos cíborgs. ¿No es acaso un marcapasos o un implante coclear un dispositivo electrónico para “mejorarnos”? Pero sobre todo, ¿no vivimos pegados a nuestros teléfonos móviles? ¿No almacenamos en ellos información que antes reteníamos en nuestros cerebros? Por otro lado, como señala Neil Harbisson, muchos de los que temían que nos implantaran chips para mantenernos localizados tienen un smartphone. Tal vez lo único que falta es que nos lo metamos bajo la piel.

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