Detrás de la Ley de Benford Está la Escasez Inherente
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Detrás de la Ley de Benford Está la Escasez Inherente

Éric Sánchez
Éric Sánchez
Tanto si hablamos de la corteza de las cumbres volcánicas como de los seguidores reales y vivientes de una cuenta de Twitter, todas las cosas reales siguen o bien presentan su propia longitud de onda, la huella de su acceso a los recursos; una circunstancia que se pone en marcha al iniciarse la creación del universo natural percibida como un estallido instantáneo y continuo.

La Ley de Benford describe el fenómeno de una distribución predecible del primer dígito de los números en cualquier conjunto de datos. El número 1 ocupa esa posición de una manera notablemente más recurrente que el 9 y de forma previsible.

Dado que todos los elementos contenidos en conjuntos de datos forman parte de un universo con recursos finitos, resulta esperable que la Ley de Benford se derive de aquéllos cuando emergen sin conocimiento explícito de su cuantificación y su recopilación en un conjunto de datos, es decir, en un producto de la voluntad humana.

Cuando las cosas reales están expresadas con números, tiene sentido que el 1 aparezca con más frecuencia: al ser los recursos limitados, esas realidades quedan lastradas y tienden hacia los números más bajos, por lo que el 1 figurará muy a
menudo como primer numeral debido a que al contar en un sistema decimal aparece habitualmente de manera natural.

En nuestro sistema decimal, el número 1 se presenta asidua y espontáneamente como primer dígito, registrándose a continuación una degradación logarítmica a medida que los valores aumentan.

En cualquier sistema numérico concebible en el universo, un fenómeno como éste se produciría con independencia de los primeros dígitos empleados o de los intervalos existentes entre ellos debido a la posición numérica (en nuestro caso, la variación del 9 al 1 para expresar un número mayor), ya que en cierto sentido los sistemas de conteo son una mera herramienta.

Todo sistema numérico o de conteo debería experimentar la misma distribución efectiva de dígitos (o de cualquier otro sistema utilizado), siempre que se empleara un método protésico para la contabilización abreviada de grandes cantidades.

La naturaleza de los números en el mundo real implica una dinámica ascendente, toda vez que los usamos para contabilizar cosas en nuestras vidas.

Resulta interesante que esos números que manejamos para contar la cantidad de cosas que poseemos en realidad son los mismos elementos capaces de evidenciar que el número de cosas en el universo es limitado. Esta revelación puede considerarse lo que llamamos la Ley de Benford.

Cualquier cosa naturalmente perceptible (y posiblemente cualquiera no perceptible o todavía por ser percibida) en el universo siempre es limitada. En este caso, lo real presenta un dinamismo estable; lo que nos remite a la materia prima en estado puro, pero también al concepto de real o genuino en términos de asuntos humanos.

El universo es un sistema único. Toda extracción del mismo en cualquier ámbito biológico, o bien de cosas dependientes de los recursos que se producen de forma natural, debería mostrar un rastro o un efecto de la masa finita en el universo.

Incluso los números y los conjuntos de datos referentes a cosas que consideramos esencialmente sociales y humanas (y, en consecuencia, arbitrarias), han experimentado en cierto grado la influencia de la finitud de las cosas que ocurren de manera natural.

Siempre existirá una combinación entre las fuerzas del entorno que emanan de la escasez propia del mundo que nos rodea, y la de nuestra propia voluntad al actuar en dicho escenario de manera relativa en cuestiones tocantes a la vida humana.

Un ejemplo es la población de las ciudades, que en cierto modo siempre estará condicionada por los recursos naturales disponibles en ellas; tanto si es de por la evidente vía directa de la disponibilidad en esa ubicación de bienes como el agua, como aplicando un criterio más político y socioeconómico como el grado de separación respecto de las materias primas. En cualquier caso, todas las cosas y todos los procesos implicados experimentan una influencia mayor o menor por parte de la escasez de recursos asociada a las diversas necesidades (en el caso de los seres humanos, por ejemplo, la disponibilidad de agua).

En la realidad que percibimos encontramos diferentes capas de sistemas únicos que no son completamente exclusivas o inclusivas, pues entre las no se produce del
todo una influencia cruzada de manera estratosférica, aunque este fenómeno exista en cierta medida.

El universo es un sistema, al igual que nuestra galaxia, nuestro planeta, nuestra nación o nuestras familias. Nuestros cuerpos son sistemas y nuestras células también lo son.

Tanto si hablamos de la corteza de las cumbres volcánicas como de los seguidores reales y vivientes de una cuenta de Twitter, todas las cosas reales siguen o bien presentan su propia longitud de onda, la huella de su acceso a los recursos; una circunstancia que se pone en marcha al iniciarse la creación del universo natural percibida como un estallido instantáneo y continuo.

El propio universo puede ser pensado no solamente como un sistema único, sino como una ola única desencadenada por algo o Alguien fundamentalmente separado del universo natural. Y cosas que se nos antojan inexorables pueden constituir trazas o expresiones de la forma única de esa ola unitaria, en la que resuena el timbre de la Voz Divina que la pronunció para hacerla pasar de la no existencia a la existencia, y a partir de la cual se puso en marcha la distribución de la materia.

Con independencia de si la Ley de Benford es un principio físico o no (tiendo a pensar que no lo es, en la medida en que resulta cuestionable que la escasez inherente al universo pueda ser considerada una cualidad intrínseca del marco físico, correlacionada con cosas como la energía termodinámica), estas leyes físicas pueden recibir la influencia o ser el reflejo de la forma y el tamaño relativos del universo y su onda o frecuencia única; si nuevamente lo consideramos como algo unitario (que no se mueve necesariamente en una dirección lineal).

Tomemos como ejemplo la capacidad para detectar cuentas de Twitter controladas por bots rusos, aplicando el concepto de la Ley de Benford. Un factor que lo hace posible es el hecho de que en el mundo hay un número limitado de personas a las que tener como seguidores auténticos y vivos; de la misma manera que existen oportunidades limitadas de establecer contacto o de ser conocidos por diferentes
personas (pensemos en las posibilidades de seguir a otros usuarios o de ser seguidos por ellos).

Dichas posibilidades están condicionadas por la distribución de los recursos que afecta a cada vida y a cada conexión, desde el ámbito global hasta el molecular.

Una cuestión que se podría analizar más adelante es si podemos esperar que los datos surgidos de un estado cuántico observen necesariamente la Ley de Benford.



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