Minería Espacial y Recursos In Situ: Las Claves para Sobrevivir en el Espacio Exterior
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Minería Espacial y Recursos In Situ: Las Claves para Sobrevivir en el Espacio Exterior

Maia Mulko
Maia Mulko

Uno de los principales problemas para llevar a cabo un viaje tripulado a Marte, como planean la NASA (para la década de 2030) y SpaceX (para 2024, calcula Elon Musk), son los recursos para mantener a los astronautas con vida durante un período de tiempo considerable. Los humanos necesitamos agua, comida, oxígeno… Y, en este caso, también combustible para volver a casa.

La Estación Espacial Internacional tiene energía eléctrica generada a partir de energía solar, un sistema de reciclaje de agua (que potabiliza desde el agua utilizada para lavarse los dientes hasta el sudor y la orina de los astronautas) y uno de producción de oxígeno a partir del agua misma (mediante un proceso llamado electrólisis, que separa el hidrógeno del oxígeno; el hidrógeno va hacia fuera de la nave, y el oxígeno, hacia adentro). Así, la humanidad ha logrado reducir el transporte de estos recursos desde la Tierra, lo que es altamente costoso, dotando además a los astronautas de cierta independencia (que se aprecia, especialmente, en momentos de crisis).

Claro que la comida aún se lleva desde la Tierra, pues los cultivos precisan demasiada agua para crecer, y ocupan mucho lugar en la nave. Cada tanto, además, reciben también un reabastecimiento de combustible desde nuestro planeta.

Pero la Estación Espacial Internacional está a sólo 408 kilómetros en la órbita terrestre, una distancia que el pasado 15 de octubre tres astronautas recorrieron en apenas 3 horas en un Soyuz. Marte, en cambio, se encuentra a 225 millones de kilómetros en la posición orbital más favorable, lo cual representa un viaje de al menos 6 meses. Aún si la tripulación en Marte pudiera esperar, queda la duda de si sería posible abastecerlos en un solo viaje. Al fin y al cabo, el peso que una nave puede transportar es limitado, porque cuanto más peso lleva, más “esfuerzo” hace para moverse y más combustible quema. Imposible calcular cuántos millones de dólares serían necesarios en un caso así (además de la inconveniencia y los riesgos mismos del viaje).

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Estas son las principales razones de la NASA para abogar por la Utilización de Recursos In-Situ o ISRU (del inglés In-Situ Resources Utilization), es decir, la producción de recursos con los materiales provistos por el planeta de destino.

Ya se ha lanzado MOXIE, una herramienta experimental incluida en el rover Perseverance que toma el dióxido de carbono de la atmósfera marciana (que constituye un 96% de la misma), y lo convierte en oxígeno. Este oxígeno no sólo podría utilizarse como soporte vital para un ser humano, sino también como un oxidante para la propulsión de cohetes, importantísimo para asegurar el regreso de los astronautas.

Ya se descubrió también agua líquida en Marte, pero en lagos subterráneos altamente salados. Es decir, para la obtención de este recurso, sería necesaria la excavación (y, después, la potabilización). Una vez más, el agua no sería sólo para hidratar a los astronautas, sino también para la propulsión (por ejemplo, al usarla para formar peróxido de hidrógeno, un monopropelente).

Para obtenerla, la NASA ha diseñado el RASSOR (Regolith Advanced Surface Systems Operations Robot), un dispositivo de extracción de agua, hielo y regolito del suelo marciano y lunar, pero también de cometas y asteroides.

Esto representa un fuerte acercamiento hacia la minería espacial, un aspecto fundamental de la ISRU, más allá de las posibles aplicaciones en la Tierra (como el posible reabastecimiento de minerales industriales que se consideran en peligro de agotamiento, como el zinc, la plata, el plomo, el cobre, el estaño, entre otros).

La idea de los asteroides como recursos mineros no es algo nuevo. Las primeras muestras de ellos datan del año 2010, cuando la sonda japonesa Hayabusa (lanzada en 2003), regresó a la Tierra con pequeñas partículas del asteroide Itokawa, que resultaron contener sulfuro de hierro, taenita (una aleación de hierro y níquel), olivino, piroxeno, plagioclasa y cromita (cromo y hierro, principalmente, con algunos otros metales a manera de “impurezas”). Una combinación de minerales que, dicho sea de paso, no existe en la Tierra.

Los asteroides se pueden clasificar según su espectro y composición en varios tipos. Los más básicos, que se encuentran en el famoso Cinturón de Asteroides entre Marte y Júpiter (es decir, el más “cercano” a nosotros), son los tipos M (metálicos), S (silicatos), y C (carbonáceos).

A pesar de esta clasificación y la predominancia de algún elemento en específico, cada asteroide tiene una composición propia. El asteroide Ryugu, por ejemplo, pertenece al tipo C, pero aunque esté basado en el carbono, también contiene cantidades considerables de níquel, hierro, cobalto, nitrógeno, hidrógeno, amoníaco y agua. Y sí, tenemos que decirlo: tiene un valor estimado de 82.760 millones de dólares, según la base de datos Asterank. Por eso, tampoco es de extrañar que ya haya compañías dedicadas a la minería espacial, como Planetary Resources (ahora ConsenSys), que desarrolla tecnología para realizar la actividad, o la inglesa Asteroid Mining Corporation, que va camino a lo mismo.

Se cree que los recursos de un solo asteroide podría abastecernos por miles de años. La minería espacial, además, podría reducir el conocido impacto medioambiental de la minería terrestre. Y esto es solo en lo que respecta a la Tierra. Los asteroides, además, podrían proveernos de recursos esenciales para la exploración del espacio, o para la construcción de infraestructuras espaciales que garantizarían la supervivencia de la humanidad fuera de la Tierra.

Aunque todavía falta un largo camino por correr, es evidente que esto ya no es ciencia ficción. Estamos, oficialmente, frente a la minería del futuro.

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